IES JORGE GUILLÉN

Dos días. Dos noches.


Para aquellos granadinos que tenían que pasar los fríos inviernos al arropo de su abrigo, sólo la verían como una fuente de trabajo, de agua, de hipotermia tal vez. La adorarían, como cada cual adora su tierra. Sierra Nevada. Virgen, pura.
El sol amanecería sobre ella desplazando las estrellas que se reflejan en su blanco manto, iluminándolo en su totalidad y volviéndolo de espejo. Llenando con su luz las cumbres vacías y silenciosas.
Ahora todo ha cambiado.

 


Cuando el Sol aparece ve pequeñas hormigas comenzando a deslizarse suavemente sobre el antiguo desierto blanco. Y esas hormigas, mientras sienten como el viento les azota y el frío les ataca,  saben que jamás podrán sentirse tan libres como en ese momento.
Si, al igual que el Sol, inmortal, aquellos granadinos hubieran podido ver en qué se ha convertido su sierra, inundada de turistas, viajeros y deportistas, quien sabe lo que pensarían.
Pero merece la pena.
Puedo asegurar que a todos nos gustó tanto sentirnos como esas hormigas  que nos quedó claro que tendríamos que repetir (después de que se nos olvidara lo que duelen las botas).


La gran mayoría de los que íbamos no teníamos ni idea del tema. Con deciros que entrar la primera noche al hotel, cargados con nuestras recién alquiladas botas y nuestros, recién recogidos de la tienda, esquís, fue una odisea hasta que los metimos por fin en los cuartos (bueno, aunque el lío que formamos no se debía tanto a ir cargados y  tener que dar dos o tres viajes a recepción,  sino a recordar si tenias que subir o bajar para llegar a tu habitación).

 

 

Porque el hotel era cosa aparte. Nos sirvió para echarnos unas buenas risas. Como por ejemplo, que la primera noche el agua saliera marrón. O que nadie en mi habitación entendiera el aire acondicionado y,  yo no sé cómo, dormimos con él apagado y sin mantas (nuestra habitación era rarita y no tenía).  Pero después de una larga noche con gente entrando y saliendo, como supongo que estaban todas, no nos dimos ni cuenta hasta que a las cinco de la mañana una de nosotras se levantó como una loca y vació el armario de chaquetones.
A la siguiente mañana nos enteramos de que alguno (Castán) se había colado entre las tablas de un somier, o sea que, en comparación, lo de pasar frío tampoco fue para tanto.

 

El caso es que amanecimos todos vivos (aunque los maestros hubieran preferido que abultara alguno menos).
Y como nos esperaba una larga jornada, Robin se encargó de desayunar por todos nosotros. Dios mio. Claro que el desayuno es la comida más importante del día, pero los del bufet libre debían de temer  que se acercara. Hasta uno de los profesores, Miguel  Ángel, le coló un bollo en su plato y se lo zampó sin enterarse.
Comenzamos el primer día en la nieve. Salimos andando como podíamos con las botas, que por cierto, parecíamos robots, o astronautas (o astronautas robots). Bueno, eso los de esquí, porque los de snowboard tenían la suerte de que sus botas no les inmovilizaban el tobillo.
Y creedme, de verdad que cuesta mucho andar con las botas de esquí. Pero no me quejo, es el precio a pagar por volver con las piernas enteras.

 

Aunque a más de uno no les sirvieran de mucho. Porque las botas protegen, pero no hacen milagros.
Antonio Castán se tiró por una pista cuando los monitores  nos recomendaron que aún no esquiáramos por ellas y, como no nos habían enseñado a girar, se comió un trozo de pista señalado de prohibido porque no tenía nieve, sino hielo, y acabó dando viajes al centro de curas.
Pues eso, que después del  largo paseo desde el hotel (en el que se agudizaba totalmente la coordinación o le sacabas un ojo a alguien como te giraras sin calcular) llegabas a los telesillas que nos bajaban desde Monachil hacia Pradollano. Y una vez allí un teleférico nos remontaba durante diez o quince minutos hacia las pistas, en Borreguiles.

 

Nos dividimos en grupos y unos monitores muy majos nos comenzaron a enseñar como iba eso del esquí (o del snowboard). Lo primero que aprendimos fue una gran lección: ¡Las botas esquiando no molestan tanto!
Hacia las doce o así ya nos manejábamos y después de comernos unos bocadillos (de atún con tomate) y de hablar con los perdidos de los maestros, y de Lauren y Jorge (que como sabían esquiar se habían tirado toda la mañana por ahí matándose en las pistas rojas), comenzamos a esquiar por nuestro lado.
Teniendo en cuenta que prácticamente  solo habíamos esquiado en el sitio y en llano, y que no atropellamos a nadie (que yo sepa), nos salió bastante bien.
¡Incluso unos pocos salimos en la tele! Cuando estábamos haciendo el segundo turno del día con el monitor, llamó Canal Sur y al poco tiempo llegaron y se pusieron a grabar. Tranquilos, solo se calló una.
Volvimos al hotel reventados, pero con ánimo y ganas para no parar en toda la noche, que sé que algunos se acostaron a las cinco y se levantaron a las siete. Lo siento profesores, pero la noche es la noche.
Y aquella fue muy completa. Tuvo de todo.

 

Lo primero. Yo no leí en ningún sitio de mi habitación que tuviera que poner a secar las toallas después de usarlas el día anterior. Y lo peor. ¿Dónde? No había ni siquiera un tenderete (lógicamente, es que no le veo sentido).  Pero por lo menos, si alguien va a pedirte toallas, no le sueltes toda esa retahíla. Aunque después de relatarles que teníamos a Sara cantando desesperada que le llevásemos toallas, nos las dieron.
Pero eso no fue todo. Hasta se nos perdió gente.
Después de cenar algunos salimos a dar una vuelta por el pueblo. Pero como no estábamos en temporada alta, las calles y los bares estaban cerrados o vacíos.
Cuando volvíamos Robin cogió un atajo (es un vago)  hacia el hotel, que servía para ahorrarte camino durante el día, cuando ibas cargada con las botas y los esquís, pero que por la noche no tenía ni siquiera luz.
Todos los demás llegamos y después de un rato  sin acordarnos de él nos dimos cuenta de que no aparecía. Fuimos preguntándole a la gente, pero se lo había tragado la tierra. Nadie lo había visto. Ya pensábamos que lo habían secuestrado o que se había descalabrado y estaba por ahí inconsciente cuando lo encontramos tan tranquilo saliendo de una habitación.
De verdad. Esa noche estábamos todos revolucionados.

 

Los pasillos estaban llenos y si no ibas con cuidado te enrolaban a alguna habitación en menos de que te dieras cuenta. Casi todos estaban con las puertas abiertas y entre el follón el pobre Manolo no dejaba de dar vueltas pidiendo los números del forfait (una tarjeta muy cara sin la cual no puedes hacer nada allí) que, a pesar de las advertencias, se le perdió el primer día.
El caso es que terminamos veinte o más en una sola habitación jugando a las cartas. Y uno de los somieres no aguantó mucho. Pero Fran, Rafa y Caribú se encargaron de arreglarlo.
Cuando a las una o así me fui a mi habitación me encontré con más gente dentro, aparte de mis compañeras. Pero allí nos quedamos dormidas. Por la mañana no quedaba nadie, así que supongo que la última en dormirse los echaría a todos (por que yo ni me enteré).
A la siguiente mañana repetimos la rutina del día anterior. Nos levantamos a las siete, desayunamos, Robin terminó con toda la comida del hotel, y esas cosas.
Estuvimos esquiando cada vez mejor, y al medio día, después de un bocadillo de salchichón, nos subimos en unos telesillas a tirarnos por pistas ya en condiciones.
Cuando terminamos con los monitores seguimos por nuestra cuenta.
Lo bueno de esas pistas es que todos están casi como tú, así que te lo recuerdan cuando pides perdón al atropellar a alguien.  La regla es, si ves que no puedes esquivar ni frenar, tírate. Pero cuando no llevas mucha velocidad dices: Bah, esto lo paro yo. Y pasa lo que pasa.  Apareces debajo de alguien.
Aunque más que atropellar, lo que desmoraliza es ver a un niño de siete años adelantándote.


Esa tarde algunos y los expertos (José Antonio Toro, Miguel Ángel, Lauren, Jorge…) decidieron bajar hacia Pradollano  por una pista enorme, el Río, en vez de coger el telecabina, que la recorre por el aire.  Lo mejor de bajar en telecabina es llamar a los que van esquiando y que al distraerse se caigan.
Después de esperar a los que se habían quedado rezagados bajando por El Río (alguno llegó media hora más tarde que el resto y con muy mala cara) y a Miguel ángel, que iba de “escoba”, dejamos las botas, los esquís, y las tablas en la tienda donde los cogimos. Nos despedimos de ellos para siempre, porque en caso de que la próxima vez que vayamos también alquilemos los esquís y las botas, ya sería mucha coincidencia que nos tocaran las mismas.
Llegamos a Torrox después de unas horas demasiado cortas.
Sierra Nevada nos aportó mucho: diversión, aventura y momentos (y trompazos)  inolvidables. Nosotros a ella le dejamos nuestro tiempo y nuestro cariño.
PD: Además de un pasamontañas que se me perdió y un guante de Robin, que tuvo que comprarle otro par a unos senegaleses que vendían a la salida del telesillas.


Irene Beatriz Olalla Ramírez.